Empezaré por presentarme.

Hola.

Aunque nadie le lea, sus padres siempre exigieron a Salvador un mínimo de educación por lo que vaya ese saludo por delante.

Salvador escribe porque le ayuda a sentirse bien. Su cabeza no es lo más ordenado del mundo y en ocasiones necesita parar un segundo para resetear y volver a arrancar de nuevo. Escribiendo lo que le ocurre consigue autoevaluarse. Es como si se contara a sí mismo lo que le sucede y que él mismo se escuchase ahorrándose de ese modo unos euros en la consulta del psicólogo. Nada nuevo.

Salvador es un profesional de la educación. Digamos que su trabajo no es lo más emocionante del mundo. Se levanta de la cama, unos días con más ganas otros días con menos, para justificarse delante de esa persona a la que saluda con mala cara todas las mañanas en el espejo. Tampoco su sueldo es, ni por asomo, algo que envidiar. Ahora mismo, contratado a media jornada, apenas supera los mil euros. Con una hipoteca, los gastos propios de un hogar y un hijo de apenas unos meses, si consigue ahorrar cincuenta euros a fin de mes todavía no se siente satisfecho, aunque reconoce que es mejor que haber gastado más de lo ingresado. Nada que tú, hipotético lector, no hayas pensado con anterioridad.

Salvador lo está pasando mal. Necesita tu ayuda.

Sentado al fondo de una biblioteca se sorprende de que un sábado a las cinco de la tarde  todavía haya, contándose a él mismo y al bibliotecario, seis lectores en la sala. En la mesa, diseñada para cuatro personas pero que Salvador ocupa en su totalidad yacen los apuntes de la oposición que lleva preparando siete años, su móvil, un bolígrafo Bic azul y un termo con agua fresca. También un reloj de muñeca Seiko que Salvador se quita cada vez que necesita usar el ordenador. Hubo un día, hace muchos años en que decidió que llevar el reloj en la muñeca derecha en lugar de en la izquierda le daría una personalidad especial. Desde aquellas, aunque nunca llegó a sentirse especial, se tiene que quitar el reloj cada vez que necesita usar el ordenador.

Empezamos a conocernos querido lector. Sí, sé que estás ahí. En algún momento de la historia de Internet estoy seguro de que alguien leerá, al menos una parte de esta historia y no me perdonaría el que esa persona que tanto me honra con su atención sintiese que lo considero hipotético o supuesto. No lector, yo a ti te quiero.

Salvador está triste. Sentado en una amplia mesa aséptica de una biblioteca impersonal golpea las teclas del ordenador esperando que cuando deje de hacerlo se sienta mejor. Sabe que no será así, esta vez no. Ya son muchas, demasiadas, y por eso está triste.

Amado lector, si he conseguido interesarte con lo poco que te he contado acerca de mi amigo Salvador y que no dejaras de leer hasta este punto, te amo. Gracias. Creo que entonces te mereces que no te escupa en la cara el porqué de la tristeza de Salvador, creo que te mereces una historia bien contada, que te enganche y que disfrutes al leerla. No será fácil conseguirlo ya que no me considero un narrador especialmente hábil pero tengo de mi parte el conocer de primera mano los sucesos, completamente verídicos, del personaje que nos ocupa, y son apasionantes.

Mientras tanto, Salvador sigue tecleando, sabe Dios qué. Sus ojos, que ya vieron pasar a unos cuantos Ministros de Educación, llorosos y apagados, demuestran que la experiencia se cobra lo suyo en forma de tiempo, que el hacerte mayor no siempre implica hacerte más grande y que se adquiere sabiduría a costa de la vida y gracias a ella. Lo está pasando mal, se le ve, está triste. Lloraría si no hubiese ya diez personas en la biblioteca, un sábado a las seis y media de la tarde. Estoy seguro.

Me gustaría, querido lector, que te consideraras ya idolatrado. Ojalá desees conocer algo más de la vida de Salvador porque creo que lo necesita. Me preocupa, no lo abandones. Ofrécele tu mano, te lo esta pidiendo a gritos. ¿Acaso no lo ves?